Recuerdo mediados del año 1990: estaba por cumplir 11 años y la propaganda televisiva -a dos años de la entrada del presidente que nos quitó todo menos lo pendejo- ensalzaba la loable tarea del ejército de censistas que recorrerían el largo y ancho de México, casa a casa, metro a metro, para recoger datos sobre la dinámica socioeconómica de cada negocio y familia de los cuales se desprendiera una radiografía fidedigna de la actividad del país. Recuerdo cuando un par de jóvenes llegaron a la casa, les pasamos a la sala y con soltura respondió mi mamá el extenso cuestionario dando señas de pe a pa de diferentes rubros de nuestra cotidianidad -estudios, ingresos, bienes, etc-. Y recuerdo -por último- con ilusión como fue colocada en la puerta de la casa la calcomanía de CENSADO que nos acreditaba como ilustres cumplidores de tal deber cívico.
20 años después… ¿es posible repetir dicho panorama? ¿es posible que sea dicho sentimiento arriba externado el que acompañe a las familias mexicanas que están en próximos días por recibir a los encuestadores del INEGI? ¿En qué momento nos perdimos, México?